Colectivo Imaginario Abr 18, 2018 - 4:01:55 pm

Dar la Vuelta en un pueblo de Chihuahua.


“Quiero gozar mi libertad

Antes que otra cosa suceda
Entremos a la feria
Ahora hay que jugar
Pues que otra cosa más nos queda
Hay que subirnos a la rueda”(1)

Soy de General Fierro del Real, Chihuahua. Un lugar al oriente del Estado  que aparece en todos los mapas pero que nadie jamás ha visto.  En realidad ciudad Fierro (así le decimos aunque nomas hay 3 semáforos) ha aparecido varias veces en las noticias nacionales. Las más notables fueron: la vez en el setenta y tantos  cuando la operación cóndor mató  a 40 campesinos disque narcos o disque comunistas.  Otra fue un 5 de mayo de 1992 cuando Salinas y su solidaridad  vinieron a inaugurar la  pavimentación de los 163 km de  carretera que nos comunican con el pueblo más cercano igual de invisible que este.

La ultima notable fue hace 7 meses que frente a cada una de  las letras gigantes que adornan la plaza principal dejaron partes de cuerpo desmembrado.  Sobre la “F” dejaron la cabeza sosteniendo una cartulina con la leyenda “POLISIAS EXTORCIONADORES, TIENEN 24 HRS PARA IRSE. ATTE  JENTE DEL LAGARTO”. Un pueblo tan típico con sucesos tan  comunes  como otros tantos de Chihuahua, lleno de gente tranquila, trabajadora, orgullosa y siempre nostálgica de los buenos tiempos.

Estudié y trabajo en la capital del estado, pero cada que puedo vengo a Ciudad Fierro a ver a mis familiares, el camino siempre bordeado de los distintos paisajes. El llano plano y seco  con sus matorrales y los campos de cultivo de tierras rojas adornados por estructuras oxidadas, tractores y vacas. Luego empiezan los encinitos  y los cerros de menor altura llenos de peñas con formas místicas, ranas, dragones, cabezas de santos. Después vienen los pinos a mezclarse con los encinos y todo se pone más verde. Uno nota un contraste poético entre los colores vivos de las cruces al borde con el paisaje arbolado.

Hay 4 pueblos antes del mío, todos con su iglesia blanca, su plaza, sus letras gigantes, sus viejos con sombrero, sus señoras barriendo las banquetas, sus retenes de halcones vestidos de policía. El último tramo de carretera siempre está en reparación, cada año una constructora nueva en el mismo pedazo de cuarenta kilómetros, cada año se “invirtió” más que el pasado en esos mismos kilómetros pero al parecer tiene baches que más bien son agujeros negros  que tragan dinero pues es imposible repararla.

Ciudad Fierro es muy importante para el estado de Chihuahua, mas en esta ocasión no pretendo que este artículo se centre en los personajes o los logros históricos que se han germinado en el pueblo y mucho menos convertir estos versos en una crónica profunda de la guerra que, como a todo el país, nos ha aturdido espiritualmente por más de una década.  El motivo de mi texto es hablar sobre mi generación y su papel actual en los pueblos similares a Ciudad Fierro en el estado de Chihuahua. Para que mi explicación sea breve  y puntual me apoyaré en una costumbre habitual de nuestros pueblos; Dar la vuelta en una avenida principal de la ciudad.

En General Fierro  es una tradición más que antigua  dar la vuelta por la avenida,  antes llamada “del Real” pero bautizada Gustavo Díaz Ordaz por Salinas de Gortari, Por lo que el nombre entero del paseo es Dar la vuelta por el Díaz Ordaz, aunque abarca más calles pasando por la plaza principal, la catedral, la plaza de la dignidad. El retorno siempre es la glorieta que ha sido base de distintas esculturas, la más reciente titulada: La seguridad.

Estatua a la seguridad
Monumento a la seguridad.

Los orígenes del paseo. Según Don Eterno, encargado de la única biblioteca, se remontan la fundación de la ciudad durante la colonia. Por más de 300 años se ha paseado ininterrumpidamente por esta avenida, ni durante la revolución o la época de los levantones la gente dejó de salir a ver que se veía. Al contrario, durante los periodos más sangrientos de nuestra historia  la gente salía más a pasear, a veces incluso por el morbo confeso de ver si levantaban o fusilaban a alguien durante el paseo.

Dar la vuelta siempre se ha tratado conocer  un poco de las vidas ajenas para medirse la nuestra. Una clase de ritual pre redes sociales que perpetúa rasgos de la adolescencia. Quien es más popular, quien es más bonita, quien es mas chingón, quien es mas cabrona.  Es también  oportunidad para demostrar la capacidad sonora de nuestros  tan amados carros y trocas. Así que durante años cientos de personas de Ciudad Fierro han dedicado parte de sus salarios o del dinero de sus padres a demostrar quién es el jefe de los decibeles. Cada semana hay un desafío de volumen donde se escucha la música del top 10 de todas las listas nacionales. Lo más sonado en estos días es por supuesto el sierreño, el reggaetón y los ya clásicos corridos siempre perrones.

El asunto de la música es muy importante. Más allá de que tan fuerte suena, lo que suena define el ambiente, el espíritu de dar la vuelta. Durante los últimos diez años el soundtrack nos habla de lo frágil que es la vida y del porque tradiciones y costumbres, como está, son indispensables para disfrutarla al máximo.  Las canciones acompañadas de miles de latas de cerveza, pilas y polvo también nos han ayudado a sospesar una realidad tan fluctuante.  Los corridos cantan sobre lo fácil que es morir en este tiempo, y el reggaetón es una forma de bailar sobre la tragedia o sobre el miedo a Trump, cantándole a los amores pasajeros resumidos en aventuras sexuales que a todos nos gustaría tener antes de que te toque una bala perdida o te obliguen a ser un adulto agrio, frustrado de vivir en un lugar donde no hay nada. Porque aquí el que triunfa se va y ya no regresa. ¿A qué?

No compartimos el miedo al porvenir con los adultos que nos miran desde los bordes de la avenida, criticando de inmoral el paseo por la calle donde se permite que suene Becky G diciendo: “A mí me gusta más grande que no me quepa en la boca”(2)  mientras aplauden al alcalde, que antes fue dealer, por pavimentar la avenida entera con sus propios recursos mal habidos. La memoria no es el fuerte en la gente de General Fierro, ni la cultura, ni la educación. El paseo y toda la supuesta perdición que le atribuyen los desmemoriados responden a la falta de alternativas. En el pueblo no hay más que expendios.

“Hoy todo parecía calmado donde estaba
Resguardado junto a mi hermano mayor
Hoy que creía estar ocultado a tiempo del atentado la guerra nos encontró
Hoy ya vamos de regreso en una caja
Hoy que no quiso la baja brindar hospitalidad
Hoy la tierra se va a comer algo bueno
Y nos vamos en el vuelo que no aterriza jamás
Hoy vamos hacía la libertad”(3)

Al menos para mi generación el presente no habla de futuro. El tiempo se mide en la espera por el fin de semana para subirse a esta rueda de la fortuna. No hay nada a que aferrarnos porque nada nos pertenece. Nada de lo que rodea este pueblo es nuestro. Nunca lo fue y si lo fue lo vendieron barato. Los bosques y las llanuras  que son parte del municipio no nos ofrecen un porvenir porque actualmente pertenecen a las mineras y madereras privadas, a las agricultoras trasnacionales  y a los narcos. Nadie jamás pensó en el futuro, los ejidos son un fracaso y los intentos por aprovechar nuestros bordes de manera sustentable son silenciados con plata y plomo. ¿Qué perdida futura podemos temer?

Parece que quien nos precede y nos mira rodar en esta avenida siempre se conformó con las migajas que dejaban los mineros extranjeros en las cantinas, en los prostíbulos, en una que otra tienda del centro. Quedándose solo con la nostalgia de que alguna vez en la ciudad hubo Franceses, Ingleses. Gente europea Güerafina que dejó un que otro hijo, como el señor que vende revistas frente al santuario y se apellida Schultz. Antes de la guerra contra el narco. Los pastores que hoy se quejan porque hasta en la iglesia se consume cristal o porque los jóvenes no se interesan por lo espiritual, se emocionaban cuando era tiempo de pizca de amapola en la sierra porque sabían que se aproximaban las ofrendas en dólares  al ministerio por parte de los dueños de la plaza.

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La carretera a General Fierro del Real.

A los millenials de Ciudad Fierro, además de etiquetarnos como millenials, se nos exige dejar de pasearnos tanto por el Díaz Ordaz. Comportarnos como si nada pasara y construir una vida tradicional: Una familia (pero que sea tradicional), un trabajo remunerado (aunque robes poquito), buscar un puesto público de jerarquía monárquica (robas poquito más, igual todos lo hacen), aprender que la vida es chigarle, chingar y si te chingan pues a veces es mejor olvidar, ser ciego. Porque al final de cuentas “el que chingó chingó”.  

¿Quién no ha sido señalado con el dedo por algún tío, acusándole de joven e inútil? “Los chavos de ahora no agarran la onda, nomas con el teléfono, sus memes y nudes”, “a mí me llego un cadena de Whatsapp donde decía que ahora anda muy de moda drogarse con tampones, por eso llegan como arañas de dar la vuelta”” Muchachitas de 15 años, caaaasi encueradas y con una boquitaaaa, como dice el meme del buki ¿A dónde vamos a parar?”. Luego los miles de discursos moralistas donde somos el futuro, como si se lavaran las manos asegurando que debemos responder por todo lo que viene.

“I feel like the whole world want me to pray for 'em
But who the fuck prayin' for me?”(4)

Somos la generación de la que depende el futuro eso es un hecho, pero no somos responsables de responder por los errores del pasado. El juicio no le corresponde a nuestros padres, quien nos juzgará son los que vienen. Quiero aclarar que respeto mucho  a la generación que nos precede, su realidad fue otra y la mayoría son personas que se han esforzado mucho por nosotros. Toda la vida han trabajado sin quejarse, son personas honestas, sinceras, hospitalarias, leales a los valores que les enseñaron sus padres.

Aman como nadie este pueblo olvidado. La mayoría no pudo estudiar pero pudo dar educación a sus hijos con la esperanza de un futuro más brillante. Irónicamente siempre estar trabajando, cuidando la falsa idea de progreso los alejó de nuestra realidad, ahora viven con miedo porque el futuro les parece apocalíptico, la esperanza se desmorona. El presente les representa cáncer, diabetes, olas de desinformación, el dolor de perder una hija por andar en la bola, lidiar por un hijo enganchado al cristal.

El cambio de los tiempos nos ahoga, la mugre que se estuvo acumulando en las tuberías y ahora fluye lentamente por las calles del pueblo manchando a los que pasean, a los que miran, a los que no les importa, a los que se han ido de la ciudad. La responsabilidad es colectiva, son errores arrastrados desde mucho antes, es por nuestra costumbre de ver como héroe al patán, abusón y al corrupto,  es mera  ignorancia y miedo de hablar, es siempre confiarnos de más, es por no haber aprendido a escuchar, mirar, y entender realmente a quien  consideramos va contra la corriente.

 Este año las personas en General Fierro, como todo el país, claman por una revolución, un cambio real. Lo cual no va a surgir parando el paseo, pausando el reggaetón y los corridos. No va a surgir cuando  las y los jóvenes agarremos la onda. Tampoco va a surgir del único café del pueblo donde se reúnen los intelectuales que  nunca han aportado nada más que palabrería. O del restaurant de mariscos donde los ministeriales obesos comen con la Beretta en la mesa, después de extorsionar muchachos por traer un six de cerveza. El cambio no está en uno, no está en los colores, no está en las promesas de Amlo, Meade o Margarita.

El cambio es primero aprender que estamos juntos pero solos, el dios de nuestros abuelos hace mucho que se fue, la política se aleja mucho de lo real.  La revolución es aprender a construir una realidad diferente desde la nada, aprender a dejar la esperanza en las estructuras pasadas. Mirando al otro, escuchando a la otra,  mostrando compasión y preparándonos para salir de las ruinas que va a dejar la tormenta que se aproxima, el futuro caótico que de alguna forma u otra nos negamos a aceptar.

Yo sí creo en mi generación, depende de nosotras.

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Fierro Alv 
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