EnriqueDelOlmo Ene 22, 2018 - 4:15:23 am

Como mezclar agua y aceite


¡Ricardo Anaya se viste de amarillo! Y con esto termina de golpe y porrazo con la ya poca credibilidad que le podía haber quedado al Partido Acción Nacional. Ha vuelto a insultar la inteligencia del pueblo mexicano. La derecha, el partido conservador mexicano - víctima de sus propios abusos y crímenes -, ha demostrado una y otra vez, ser exactamente igual que su supuesto opositor, el PRI, buscando a toda costa el poder por el poder mismo.

Acción Nacional, heredero histórico del viejo partido conservador, se ha encargado de escribir su historia moderna – al menos en los últimos 20 años – a base de ir en contra de sus principios y pasar por alto su propia doctrina. Un partido regido por el nepotismo y la codicia, que representa hoy en día lo opuesto a lo que su fundador creía y pensaba, un ex-rector de la Universidad Nacional que luchaba contra el partido único del Estado en busca de una verdadera democracia. Decía Manuel Gómez Morín en 1939: “México pasa por una época de especial confusión y los problemas tradicionales trágicamente intactos, se agravan con problemas nuevos de extrema gravedad; y porque una pesada tolvanera de apetitos desencadenados, de propaganda siniestra, de “ideologías" contradictorias, de mentira sistemática, impide la visión limpia de la vida nacional".
Por su parte, el Partido de la Revolución Democrática en sus propios estatutos afirma fehacientemente que el partido es “una fuerza democrática y progresista, que lucha contra el neoliberalismo, que desarrolla una crítica al capitalismo, que es un sistema de explotación, dominación y opresión, en la perspectiva de lograr una nueva sociedad igualitaria, libertaria e incluyente, sobre bases de respeto recíproco de la diversidad, funcionamiento democrático y unidad de acción."

En teoría, solamente en teoría, el PRD es un partido que dice representar la unificación de las izquierdas a lo largo de la historia mexicana, que aspira a construir un socialismo democrático que promueva, respete, proteja y garantice los derechos humanos, las libertades individuales y colectivas. Pero ahora se une en alianza con la ultra derecha, protectora sempiterna de los intereses de los grandes capitales y cómplice descarada del partido oficial. ¡Es como intentar mezclar agua y aceite!

Las ideas y los hombres que buscaban en verdad acabar con el régimen, han desparecido. Pero no ayer, ni el día antes de ayer, sino hace mucha más tiempo del que nosotros podemos recordar, ha sido un deterioro sistemático, estructural, desde que Gómez Morín pronunció aquellas palabras ante la Asamblea Constituyente o Cuauhtémoc Cárdenas fundó su partido de “izquierdas". Pero, ¿qué pasó? Nosotros, los ciudadanos, hemos soportado todos estos engaños, hemos sido despojados de nuestros más intrínsecos derechos tan fácilmente como arrebatarle una paleta a un niño y con tanta desfachatez que hasta Salinas de Gortari estaría orgulloso. Consecuentemente la política mexicana se ha convertido en la preponderancia de los males; un negocio fundado en la práctica reiterada de abusos, descaros, argucias y peor aún, fructificando con el empobrecimiento de la mayoría. ¡Vaya cinismo!

Los grandes pensadores de la Antigua Grecia predicaban que la política era el oficio más noble al que el ser humano podía dedicar su vida, porque ¿qué podría ser más generoso que entregar la vida desinteresadamente al servicio y beneficio de los demás? La respuesta les era clara: nada.

Desde su inicio mismo, para la filosofía Clásica Griega pensar al mundo, y pensar cómo se piensa al mundo, implicaba necesariamente reflexionar sobre el ser humano, sus relaciones sociales, los valores y las instituciones que rigen esas relaciones. El pensamiento filosófico era pensamiento ético y político. Es decir, las normas y los valores morales así como los principios de ordenamiento de la vida pública, del poder y del Estado, se pensaron racionalmente.

Hoy en día, más de dos mil quinientos años después, nada queda de razón en la política. De hecho la práctica política es concebida - particularmente en nuestro país - como inmoral y corrupta, un oficio alevoso, inicuo y vil, más inclinado a satisfacer intereses particulares de individuos y/o grupos de poder que los colectivos de los gobernados.

Ante el oportunismo y la demagogia de personajes como Ricardo Anaya y Alejandra Barrales, que tan fácilmente comprometen sus principios en aras de alcanzar el poder, es inevitable admitir nuestro abismal retroceso y admirar la vigencia de estas palabras de Platón: “Un hombre que no arriesga nada por sus ideas, o no valen nada sus ideas, o no vale nada el hombre".


#Política

Siguiente Más