ManuelTNT Nov 30, 2016 - 1:25:30 pm

La Historia y sus narradores: a propósito de Fidel y el siglo XX

Manuel Espino Fernández

| Cuando Stalin murió en la década de 1950, millones de personas y muchos líderes de naciones alrededor del mundo lo reconocieron como el mesías de la clase obrera, el líder indiscutible de la patria del trabajo, la personificación de la nación que le había hecho justicia a los desposeídos. Hay que decir que para entonces la Guerra Fría estaba en marcha y el comunismo gozaba de su segundo gran momento de influencia alrededor del mundo especialmente por la derrota del nazismo en la cual el Ejército Rojo fue pieza clave en la capitulación del frente de batalla en el Este.

Tuvieron que pasar 40 años para que el gobierno de Rusia hiciera públicos los documentos oficiales que tenían que ver con los crímenes, torturas, juicios sumarios, campos de trabajo y de muerte, asesinatos, humillaciones, construcción de culpas y traiciones dentro de la URSS para con su propio pueblo. La cantidad de muertos y desaparecidos alcanzaba las veinte millones de personas y los mismos rusos señalaron que esas eran “las cifras menores”. Es decir, que no se comprometían a que esos fueran todos los muertos pues muchos documentos nunca fueron encontrados.

La Historia, aunque se parezca, nunca se repite. No puede hacerlo con exactitud porque hay una infinidad de sucesos y novedades que cambian todo el panorama. Sin embargo, personalmente creo que la Historia debería de tener como función principal ser un recordatorio de los errores cometidos en el pasado con la intención de no volver a repetirlos.

Por muchos años en los estados socialistas se abogó por el silencio, por la aceptación de las “medidas transitorias”, por la aceptación de los errores y por el espíritu de sacrificio en el entendido de que todo valdría la pena una vez que se llegara a la utopía, al paraíso terrenal. En pocas palabras, era necesario llevar a las últimas consecuencias la famosa sentencia política que nos sobrevive desde los romanos: el fin justifica los medios. Lo que estamos viviendo ante la muerte de Fidel Castro es el principio del cierre de un siglo, así pasa cuando los hombres de Estado se revisten en el ideario colectivo local e internacional como representantes de conceptos como “progreso”, “historia”, “pueblo”, “justicia”, “libertad” y “revolución”. El único problema es que una vez muerto el representante de dichos conceptos y liberado de su figura el aparato que lo representa, todo, por fuerza y con el tiempo, cambia de manera radical. Sufre su propia revolución dado que la desaparición del líder implica un trastorno en la costumbre.

Respecto a Fidel Castro podemos decir que fue un hombre de Estado y un líder latinoamericano que es necesario para comprender el siglo XX. A través de Fidel podemos entender la lucha por la emancipación de los países que han funcionado como simples colonias del imperio norteamericano. A través de Fidel podemos comprender la llegada, influencia, revitalización cultural-política-social, desencanto y denuncia que se vivió respecto al comunismo y su sociedad policiaca en América Latina. A través de Fidel podemos revisar de cerca la función (también colonial) que tuvieron los países que sirvieron como satélites de la Unión Soviética. A través de Fidel podemos comprender los fundamentos del marxismo-leninismo y la seriedad que se le dio a la ideología y a los extremismos políticos en el siglo pasado. A través de Fidel podemos atestiguar la demencia y locura de la guerra atómica sustentada en la polarización y el credo político. A través de Fidel podemos entender lo que significó el desplome de la Unión Soviética para sus países dependientes. A través de Fidel podemos comprender los fundamentos del nacionalismo y de la independencia de Cuba. A través de Fidel podemos ver el gobierno de alguien que puso en primer lugar la salud y la educación del pueblo como una obligación de primera necesidad. A través de Fidel podemos presenciar las dificultades de un pueblo que se ha mantenido en el ostracismo a razón de sus conflictos políticos de los que lenta y difícilmente se ha ido emancipando a través del dialogo, la discusión y la negociación. A través de Fidel podemos entender muchos de los procesos del siglo pasado porque Fidel se perpetuo en el poder prácticamente toda la segunda parte del siglo XX.

Cuando se habla de poder y gobierno cada gobernante impregna en sus regímenes cuestiones personales que a fuerza de repetición se normalizan como si fueran universales. Desde Hitler y su odio desmedido hacia los judíos, Mao y su odio desmedido hacia los intelectuales, Pol Pot y su odio desmedido hacia los citadinos, Stalin y su odio desmedido a los “contrarrevolucionarios” encabezados por Trtosky o cualquiera que le hiciera sospechar que “le estaba haciendo la competencia”… Obviamente que para comprender estos odios es necesario comprender sus contextos. En el caso de Castro podemos presenciar su odio desmedido en contra de los “contrarrevolucionarios”, los homosexuales (del cual las nuevas generaciones de cubanos, su sobrina Mariela Castro por poner un ejemplo concreto, le hizo retractarse) y hacia el imperio norteamericano (del imperio soviético nunca dijo nada hasta que Kruschev lo hizo quedar en ridículo de manera mundial al negociar la paz directamente con Kennedy y sin Castro, dejándolo como un simple títere o peón de la guerra atómica y como si Cuba fuera una simple república no bananera, sino de misiles atómicos).

Este conflicto de buenos contra malos, proletarios contra capitalistas, creyentes políticos contra herejes políticos, revolucionarios contra gusanos, ha dividido familias (empezando por la del propio Fidel) y ha quebrado una interacción profunda entre los cubanos en el interior de sí mismos al convertirlos en policías del régimen, en vigilantes unos de otros, ya que todos los cubanos, sea por dichos o por actitudes, pueden (según sea el juicio del cubano que lo esté interpretando) estar actuando “en contra de la revolución”. Crimen que todavía al día de hoy es perseguido y usado como medida de intimidación.

Cuba es uno de los países con mejores cifras respecto a salud y educación de América Latina. El trato a la infancia es privilegiado y es una de las cuestiones que todos lo que hayamos pisado la isla podemos atestiguar. La infancia cubana es un paraíso en contraposición de la juventud y adultez cubana en donde, el mismo sistema de planificación que tiene su influencia en los programas de planificación socialistas, hace a los jóvenes sentirse como si todo se tratara de un guion en donde todo lo que tiene que ver con sus vidas ya está escrito por los grandes arquitectos de las alturas del partido y donde es imposible salirse de lo ordenado porque hacerlo puede costarles la vida, tanto si se quedan y protestan, tanto si tratan de escaparse de la isla. Tal vez muchos de estos jóvenes cubanos piensen que la vida afuera de la isla es diferente, muchos de nosotros que pensamos la vida de manera extrema y fuera da la isla podemos decir que no. Que la vida parece ser una enorme broma de mal gusto. Sin embargo, los latinoamericanos y otros que podemos entrar y salir de la isla, que podemos atender los sistemas, lo podemos comparar y hacer ejercicios que mejoren nuestra capacidad crítica respecto a ellos. Los cubanos, que no pueden salir de la isla y no conocen otro sistema más que el heredado por el gobierno de la revolución, nada más lo pueden creer o imaginar. Sin embargo esto no es una generalización, pues no son pocos los cubanos que viven seguros y conformes dentro del régimen.

Personalmente y apoyado en la historia de la Unión Soviética, creo que todavía es muy pronto para saber si la historia absuelve o no absuelve proyectos políticos de largo aliento. De momento sabemos lo que el gobierno cubano nos dice, y bueno, ni siquiera el gobierno norteamericano se vende a los demás como incitador y participe de guerras como todo mundo fuera de Estados Unidos lo conocemos. Cuba se precia de ser un país que ejerce una política democrática dentro de la dinámica del partido único y donde existe la libertad de expresión. Sería interesante que, de acuerdo a sus propios dichos y a su propio interés en destacar la importancia del proceso como algo que la historia puede juzgar, se pudieran abrir los archivos y verificar los crímenes, arbitrariedades, eliminaciones de adversarios, compañeros políticos y gente común y corriente que estuvo en determinado momento inconforme con las políticas y direcciones que tomó el régimen. Crímenes que tienen su raíz histórica desde que fueron ordenados por Fidel y hasta perpetrados por el Ché. Es decir, desde el comienzo de la revolución cubana hasta nuestros días.

“La historia la escriben los vencedores”, es un lema utilizado ampliamente por la izquierda y por los movimientos de los derrotados, castigados y borrados por la historia. Es válido y hasta enriquecedor, a pesar de las molestias que esto pueda ocasionar en los grupos de fanáticos políticos, entender que dentro de la izquierda también existen vencidos, traicionados y derrotados, historias que son sacadas de la historia oficial con la intención de mantener el poder. Desde mi perspectiva personal, la historia del siglo XX es la mejor escuela para tratar de comprender los problemas del poder y del revestimiento ideológico de este.

Si bien en muchos otros lados estos análisis y revisiones críticas de los errores cometidos por gobiernos progresistas ya tiene rato que han comenzado, en América Latina, conjunto de pueblos casados y dispuestos a hacerse de la vista gorda ante los atropellos y modos de proceder de los caudillos en el entendido de que estos representan algo superior: la pureza de los ideales liberadores, justicieros y revolucionarios, queda todavía mucho camino por andar que nos lleva a dos preguntas: ¿no será que esta falta de reconocimiento, de revisión crítica y autocrítica, sea parte de ese entramado que parece no permitirle a los grupos progresistas avanzar más allá de sus simpatizantes? ¿No será que les ocurre como a los políticos norteamericanos, que parece que todos sabemos de qué pata cojean, menos ellos? ¿No será que algunos de los grupos progresistas actuales, desde los indigenistas hasta lxs feministas, les queda como anillo al dedo esa imagen de una ilustradora satírica en donde aparece una mujer progresista cometiendo todo tipo de arbitrariedades y bajezas al mismo tiempo que exige que todo el mundo cambie y mejore para ajustarse a sus deseos y construir así el mundo ideal?

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