MetricaSC Dic 14, 2016 - 6:35:48 pm

Hay más libros que vida. La FIL 30


La feria internacional del libro, en su trigésima edición, se celebró del 26 de noviembre al cuarto de diciembre de este año, y tuvo como invitado especial a Latino América. En estas tres décadas, ha quedado completamente consolidado su papel como el punto de encuentro de la literatura hispana.

Y es que la primera impresión tras entrar a la FIL es sobrecogedora. Para quienes nunca habíamos tenido la suerte de ir, pero habíamos cultivado el sueño durante años, es entrar al armario de Narnia, o ahondarse entre la selva nocturna de la Historia sin fin. Los stands ofrecen sus mejores colecciones. Novedades, clásicos, poesía, narrativa, literatura erótica. Las opciones son interminables. Ser empujado por las recomendaciones de unos, y los desagrados de otros. Correr al estante en el que se encuentra el único ejemplar de tu obra favorita, retrasarte en la editorial independiente para llevarte un poco de la lectura de poesía, detenerte a escribir un verso en una hoja, abrir ansioso el libro nuevo, saludar a algún autor.


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Y no es para menos. A través de sus pasillos y dentro de sus salones se dio cita la crema y nata de la literatura, la política, el activismo social. La inauguración estuvo a cargo, nada más y nada menos que de Mario Vargas Llosa.

Imaginen salir de Gandhi y cruzarse con Elena Poniatowska en el abarrotado pasillo; recorrer elauditorio Juan Rulfo y encontrar a Javier Sicilia regalando fotografías y abrazos; reflexionar en un finísimo debate entre Woldenberg, el Jefe Diego y Diego Valadés. Ver a Jorge Castañeda, Carmen Aristegui, y muchos otros estelares participando en presentaciones de libros, firmas, conferencias, entrevistas, y demás. ¡Vaya! hasta Jordi Rosado tuvo su espacio para firmar libros. Lo intentó, pero no pudo opacar a George R. R. Martin, autor de Juego de tronos, para cuya firma de libros se agotaron las entradas con meses de anticipación. (Y dicho sea de paso, no fueron pocos los fans de la saga que lucieron sus ropas nórticas, más que apropiadas para la ocasión.)

Por otro lado, se entregó el premio FIL de Literatura en Lenguas Romances a Norman Manea; se realizó un homenaje -abarrotadísimo- a Enrique Krauze, otro a Héctor Aguilar Camín en el marco delHomenaje Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez; el premio ciudad y naturaleza Jose Emilio Pacheco, entre otros. En lo local, se presentó la segunda época de la revista jurídicaQuid Iuris, y se contó con la participación editorial de la UACH.


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El ambiente era increíble y emocionante. Los stands ofrecían ánimos especiales e identificados, personalísimos, en cada uno de ellos. Las editoriales independientes, las auspiciadas por universidades u organismos públicos, las especializadas, la FIL Niños... todo aunaba a la celebración a la literatura, los libros y el conocimiento. Teniendo la suerte suficiente, podía resultar que por las esquinas te encontraras al autor cuyo libro llevabas bajo el brazo y, entre los tragos de mezcal de Almadía y las Tecates de Sexto Piso, encontraras también una dedicatoria (como yo con Natalia Toledo y su poemario "El dorso del cangrejo). Y es que, insisto, era aquello una vorágine de letras nuevas, conocidas y conocibles que, para los que nos gusta la lectura, podía también convertirse en un tortuoso luchar para abarcar lo inabarcable. Ya lo he dicho antes: hay más libros que vida.

Como si lo anterior fuera poco -y como es tradición- Durante la noche del viernes dos de diciembre hubo venta nocturna. Los pasillos se abarrotaron con lectores ávidos. Los descuentos no fueron necesariamente descomunales, ni tampoco generalizados, pero al final de cuentas, la atracción de tantas editoriales, con tantos títulos y con ciertos descuentos, concentraba a la población en la Expo Guadalajara.


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Sin duda, el ánimo de la FIL llegaba a todos. Estudiantes de educación básica buscando títulos para la escuela, niños negociando con sus padres el comprar tal o cual libro (varias colecciones de Juego de tronos, por cierto), padres leyendo en diferentes voces a sus pequeños para atraerlos al mundo literario, gente en muletas o sillas de ruedas navegando contra la corriente humana, todos buscaban alguna obra en especial, pedían a sus acompañantes que demostraran su amor mediante un obsequio, recomendaban al auto favorito, criticaban al novelista añejado, actualizaban la colección jurídica, nadaban entre los miles de prólogos, descargaban los textos electrónicos de su preferencia, elogiaban a los autores, brindaban en las presentaciones, llenaban las bolsas con ejemplares gratuitos, y muchos etcéteras.

La FIL tuvo material y energía suficiente para todos los gustos y edades; y es, en definitiva, una experiencia que se debe repetir.

Marta Treviño.


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