Usuario Sep 21, 2015 - 8:33:12 pm

Ayotzinapa: crímenes de estado, o el uróboros del caos

Faltan pocos días para el primer aniversario de la desaparición de los 43 estudiantes de la Normal Rural Isidro Burgos de Ayotzinapa y el despliegue estratégico del gobierno mexicano para ocultar, tergiversar y mentir, boquea como pez que se ahoga en el fango.

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Este lunes, los normalistas atacaron las instalaciones de la Fiscalía General del Estado de Guerrero para exigir castigo a los responsables de las abducciones y el asesinato de otras 6 personas la noche del 26 y madrugada del 27 de septiembre del 2014. Son “disturbios”, “agresiones”, “actos de vandalismo”.

Durante meses, el discurso político fue claro: ellos merecían haber sido sustraídos y asesinados, pues tomaron camiones y se dirigían a una protesta; incluso, la versión oficial es que iban a boicotear un evento de la primera dama del municipio de Iguala (aunque después se colocó sobre la mesa la teoría de que uno de los camiones que tomaron, transportaba en secreto pasta de heroína hacia Chicago. La policía municipal fue a su rescate. Los militares supieron de primera mano lo que pasaba y no hicieron nada).

Esta dialéctica del terrorismo emanada desde el poder, cumplió en primera instancia con su objetivo: el asombro pronto se convirtió en indiferencia, tras la torpe justificación que el gobierno ofreció, a sabiendas de su evidente falsedad: los desaparecieron, los mataron, porque eran delincuentes, pero el delito se encuentra en manos del poder.


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Los normalistas y sus padres lo han anunciado desde aquella primera noche luego de la tragedia: “fue el estado”; pero el nivel de responsabilidad del Estado, va más allá de la violencia, las abducciones, los asesinatos y violaciones: el crimen de estado comienza con la desigualdad, la falta de oportunidades y el desprecio por el bienestar social.

Es así, que se ofrece una educación de ínfima calidad, por maestros que, u ostentan el poder sindical o carecen de lo más básico en las zonas rurales; por trabajos mal pagados y un salario mínimo que no alcanza; por atender a los intereses transnacionales y la avaricia de los funcionarios, políticos y empresarios.

(Tal vez esto pueda sonar exagerado, pero si usted puede leer este artículo, es porque definitivamente no es uno de los 55.3 millones de mexicanos que vive en pobreza y/o pobreza extrema).

Diversos archivos periodísticos y declaraciones de estudiantes y maestros de la Normal Rural de Ayotzinapa evidencian que el reclamo por las condiciones precarias de la escuela tenían años en pie (dormían 11 estudiantes en un cuarto de 3x3 y faltaban todos los recursos); incluso, las protestas ya habían cobrado vidas de estudiantes normalistas, quienes por cierto, veían en la educación normal, un escape a la pobreza, la posibilidad de comer tres veces al día y la promesa de brindar un mejor futuro a sus familias.

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El crimen del estado inicia al orillar a sus ciudadanos a la protesta, a buscar la revolución, incluso a delinquir… para luego, tener un pretexto, una justificación para castigarlos por haber roto la ley. Pero a ellos, los primeros en romper la ley, los primeros en delinquir, ¿quién los castiga?

No fueran sus propios dientes, al morderse la cola, como el uróboros, aquella mítica figura de origen egipcio que simboliza el infinito, el eterno retorno… y en el infortunado contexto aludido, a los esfuerzos estériles, el caos y la (auto) destrucción.

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