Arturo Loera Sep 13, 2017 - 5:30:08 pm

César Duarte recibe la bomba de Javier Corral

César se encuentra en un sillón de piel en su pequeña, aunque agradable, residencia situada en la esquina de Morehead Ave. y Byron St., celebrando el campeonato de los Mineros de Parral.

Suena el teléfono.

—Pero si tú me lo prometiste, Raúl. Es ridículo. No me chingues. ¿Cuánto? ¿Pero tú estás pendejo? No les convengo adentro. No, no, no. No es amenaza. ¿Qué? Ya lo hubieran hecho. ¿Crees que van a asustar en este punto? ¿Te recuerdo quién soy? Chingada madre. Pero si lo hablamos la semana pasada. Cabrones. ¿Cómo que todo sigue igual? ¿Crees que me chupo el dedo? A ver ¿a dónde se llevaron a las vacas? ¿A qué horas? ¿Pero por qué en martes? ¿Cuánto tiempo? Chingas a tu madre.

Cuelga.

—¿Y ahora qué hacemos?

—Pues qué chingados vamos a hacer, Olga.

—No me estés hablando así, pendejo. El que se jode eres tú.

Duarte abre la puerta. Camina. Se enfila a Montana Ave. Sigue caminando. Pasan los minutos, las horas. Una camioneta lo sigue de manera prudente. Dos buitres caminan detrás de él. Cae. Eso es lo único que queda.

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