Iván Alarcón May 16, 2017 - 10:51:05 pm

Todos somos nietos de Juan Rulfo, todos somos hijos de Pedro Páramo.

Por alguna razón, cuando leía a Juan Rulfo, lo imaginaba todo en blanco y negro como si en el México que retrataba no hubiera espacio para el color o como si sus letras se hubieran encapsulado en el tiempo o el tiempo se hubiera encapsulado en sus letras.

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Juan Rulfo, al igual que Cristo, ha hecho lo que pocos hombres: dividir el tiempo en dos. La literatura mexicana se fracciona en un antes y en un después de Rulfo. Para fastidio de algunos intelectuales contemporáeos del escritor jalisciense y para gran orgullo de otros, su obra no necesitó miles de páginas para consagrarse; como dicen: la cantidad no es sinónimo de calidad.


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“El llano en llamas" (1953) y “Pedro Páramo" (1955) convirtieron a su autor en máximo representante de las letras mexicanas del siglo XX con traducciones a más de cuarenta idiomas.

Pero Juan Rulfo no sólo era escritor, además de sus otras actividades alejadas del rubro humanístico y artístico, también era fotógrafo: llevó su calidad narrativa y descriptiva a lo literalmente visual. Su mundo fantástico, bucólico y retrospectivo tomaba cuerpo en fotografías que son ramificaciones de la Comala ficticia y fragmentada, del realismo mágico. Su ojo observador se paseaba entre las calles de los pueblos y su oído escuchaba a los fantasmas dándoles palabras a sus voces inmateriales.

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Este 16 de mayo se celebran los primeros cien años del padre de Pedro Páramo, nacido en Sayula por allá de 1907. Vivió de cerca una revolución que marcaría profundamente a la narrativa de la primera mitad del siglo, así como también los conflictos armados de la Guerra Cristera.


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Rulfo se ha vuelto un fantasma similar a los que creó, en uno silencioso que no necesita hablar ni que hablen por él para defender el legado: su obra habla, se ampara sola. Ahora sólo queda ver si su fantasma es tan inmortal como creemos que lo es porque, como él escribiera: “nada puede durar tanto, no existe ningún recuerdo por intenso que sea que no se apague". Queda mantener la llama encendida para así contradecirlo: de Rulfo debe perdurar el recuerdo sin apagarse. Nuestra tarea es no permitir que su fantasma desaparezca porque todos somos nietos de Juan Rulfo, todos somos hijos de Pedro Páramo.


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(Juan Carlos Onetti y Juan Rulfo)

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