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2018: crisis sistémica, posibilidad de cambio | Arturo Espinosa

Por: Arturo Espinosa (@espinosasilis)

El día de hoy inician los procesos electorales federal y los locales en 11 entidades federativas (algunas iniciaron en días previos) de 2017-2018. El 1 de julio de 2018 elegiremos presidente o presidenta de la República, diputaciones y senadurías a nivel federal, además en 30 entidades federativas elegirán al menos alguno de estos cargos: gubernaturas, congresos locales y ayuntamientos (aquí los cargos que se elijen). En los comicios que inician existen circunstancias que serán novedosas, por ejemplo: por primera vez habrá candidaturas independientes para la Presidencia de la República y el Senado y, en muchas entidades federativas operará la reelección por primera ocasión. Además será la primera ocasión en la que varios estados tengan elecciones concurrentes con la federal. El macroproceso electoral está en marcha.

Estas elecciones, más allá del ritual de cada 3-6 años, representa, si nos las tomamos en serio, una oportunidad única de cambio para México. Los partidos políticos se juegan el 80% de sus posiciones de gobierno, enfrentando una crisis de legitimidad y de cohesión al interior que les pone el reto cuesta arriba, en medio de un contexto en el que se combina desencanto democrático, inseguridad, desigualdad, nuevas ciudadanías y nuevas formas para su ejercicio, canales de comunicación y formas de participación sin precedentes en nuestro país.

Son 9 los partidos políticos nacionales que están registrados en México a nivel federal (PAN, PRI, PRD, PT, PVEM, MC, PANAL, Morena y PES), todos ellos son gobierno en algún sentido, todos tienen representación ante el legislativo, todos ellos, de una forma u otra se han visto envueltos en escándalos de corrupción, abuso de poder, enriquecimiento ilícito o similares. Los casos, a lo largo de los años, no han hecho más que acumularse: desde el señor de las ligas (en un ya lejano 2004) hasta la #Estafamaestra denunciada por Animal Político y Mexicanos contra la Corrupción, pasando por el toallagate, la Casa Blanca, nombramientos de autoridades a modo, el excesivo despilfarro de gobernadores, o incluso las ya mencionadas disputas internas de los institutos políticos en las que únicamente evidencian sus ambiciones desmesuradas por mantener el poder. Todo esto ha formado un escenario del que un solo dato basta para evidenciar el mal funcionamiento sistémico de nuestra democracia, de gobierno y de partidos: desde 2005, con Vicente Fox como Presidente, ninguno ha vuelto al Congreso a presentar su informe, acto fundamental para la rendición de cuentas.

La situación de enojo, desconfianza y descrédito que vive el país, producto no sólo de estos escándalos sino también de otros factores como el pobre crecimiento económico, el aumento de la desigualdad y la incontrolable crisis de inseguridad que azotan al país no se puede atribuir a un partido político en particular, ni a un gobierno, gobernante o político, se trata de una crisis sistémica en el que la ciudadanía atribuye la situación a toda la clase política y gobernante en general. En pocas palabras, pertenecer a la clase política en México en estos días no es bien visto. Sus integrantes, han hecho de la democracia mexicana una forma de gobierno jerárquica y elitista, en donde ellos, y los privilegios de los que gozan, sin empacho o restricción jurídica o moral, resultan inalcanzables para la ciudadanía de a pie.

Así, no es sorpresa que las dos mayores preocupaciones para los mexicanos sean la inseguridad y la corrupción. Para la ciudadanía toda la clase política es corrupta, por lo que a pesar de que unos acusen a otros, en el imaginario ciudadano todos son iguales. La atinada denominación de Maria Amparo Casar del “Pacto de impunidad” que rige a la clase política mexicana parece ser el signum pronosticum de nuestros tiempo. Es tal nuestra preocupación, que, de acuerdo a ciertas encuestas, la corrupción preocupa más que otros temas que son cotidianos en la vida de la ciudadanía, como la educación, salud o la economía.

Para la ciudadanía, la clase política que hoy se encuentra en el poder está mal y, más aún, no existe mayor expectativa de que la situación mejore. Por esta razón, considero que en estas elecciones la ciudadanía está dispuesta a buscar un cambio en México, incluso uno que sea radical, cosa rara en las sociedades que, de forma natural privilegian siempre la estabilidad. La pregunta es, ¿quién representará este vehículo de cambio?

El reto será que las y los ciudadanos sepamos reconocer y aprovechar la oportunidad de cambio que representan las elecciones de 2018, incluso frente a una clase política (que en términos de otredad ya se ha convertido en un ellos vs nosotros) que únicamente busca la preservación de un status quo que les beneficie de forma personal.

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