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AMLO, exclusión y credibilidad | Nexos

Sin duda, la exclusión es una de las principales razones que explican por qué en México, de 2016 a 2017, el aprecio por la democracia ha bajado de 48 a 38 por ciento. Y cuando digo exclusión quiero decir no la exclusión de género, por condición física, orientación sexual o deficiente representatividad política, sino la exclusión material, la primaria, la exclusión en las condiciones básicas de vida. Y es tal vez por lo mismo que las preferencias por Andrés Manuel López Obrador se han mantenido tan consolidadas hasta hoy.


Ilustración: Sergio Bordón

Este no es un asunto menor. Convicciones aparte, que José Antonio Meade o Ricardo Anaya estén poniendo todo el énfasis en el combate a la corrupción como el gran tema de la agenda nacional, supone que para ellos y sus asesores eso es lo que está esperando escuchar la gente. Y no lo dudo, pero me hago la pregunta: ¿por qué ellos no son creíbles? ¿Por qué a AMLO sí le creen cuando declara que irá contra la corrupción “con necedad, perseverancia, rayando en la locura”?

Esto es así, creo, porque aunque muy pocas veces se haya ocupado de la inclusión política ni de la social o cultural, hay puesta en él la esperanza de que habrá inclusión material. Al líder de Morena le creen su decisión de atacar la corrupción porque le creen su decisión de atacar, en principio, la desigualdad: ha recorrido más comunidades marginadas, ha estado más veces que ninguno con la población rezagada. Y con buenas o malas razones, esa gente pobre, literal y físicamente excluida, le cree.

Le cree menos la clase media ilustrada, esa que le echa en cara su inconsecuente liberalismo, pero eso no le preocupa a AMLO. De hecho, ha vendido bien ante su base más sólida y amplia la idea de que esos articulistas, ensayistas e intelectuales son parte de la conspiración contra él. De algún modo, se ha inmunizado ante este tipo de crítica que antes, sobre todo el 2006, sí le afectó tanto en lo personal como en lo político. López Obrador no discutirá si es o no un liberal, no problematizará su relación con la agenda “progre”, no responderá a los argumentos de Silva-Herzog ni de Reyes Heroles. Ya logró lo que quería: ser una curiosa víctima que lanza poderosas centellas descalificadoras, ser la pieza de caza que porta fusil y lo dispara contra sus cazadores, a veces, cosa inusitada en otro tiempo, hasta con cierto desenfadado humor.

 La fuerza de AMLO, su credibilidad cuando habla de la corrupción y cuando lanza rayos sobre sus críticos, su impunidad cuando hace alianzas indistintas con conservadores y nacionalistas revolucionarios o cuando acoge a antiguos adversarios y entrega candidaturas a los más inverosímiles personajes, le viene de un hecho incontrastable: la exclusión realmente vivida en el terreno de la economía, en el empleo, en el ingreso, en la vida diaria, pues la desigualdad flagrante se mantiene sin grandes cambios en el país. Baste reiterar la mención del informe del CONEVAL, dado a conocer hace seis meses, en el cual se señala que casi un 44 por ciento de la población vive todavía en condiciones de pobreza (los datos aquí).

Se ha dicho mucho que las identidades políticas no pasan ya, no por lo menos de forma definitiva, por las ideologías. Un ejemplo de ello son los seguidores de AMLO. Anaya podrá ser muy bueno para ofrecer explicaciones TED (Technology, Entertainment, Design) tipo Steve Jobs, Meade podrá seguir hablando de su trayectoria como un servidor público eficiente y honrado, pero ninguno de los dos es creíble cuando habla de exclusión, de marginación y, por lo tanto, de verdadera convicción de combatir la corrupción.

Los temas de la administración pública, del expertise técnico, de la transparencia y la rendición de cuentas, e inclusive los de la violencia y la inseguridad, pasan por los de la pobreza, el desempleo, los servicios públicos, la salud, el equipamiento urbano, todos ellos asuntos que tienen que ver con el nivel más básico de la exclusión, el de la cotidianidad, las enfermedades infecciosas, el riesgo de la catástrofe asociado a la marginación, la desnutrición, las adicciones, las aguas negras corriendo por las calles, el hacinamiento en las viviendas.

De aquí viene, en buena medida, la credibilidad de AMLO: del hartazgo de mucha gente ante la exclusión más lacerante, la más básica y primaria, la de todos los días. La credibilidad de AMLO le viene de que la gente sí le cree cuando dice: “Por el bien de todos, primero los pobres”, o como ocurrió en su toma de protesta como candidato, la gente le cree cuando dice que “Los de arriba ganarán menos y los de abajo ganarán más”.

Esto hasta el momento. Ya veremos si las tácticas para sacarlo de sus cabales se reinventan y se vuelven más efectivas. Ya veremos si de nuevo AMLO sucumbe a la abismática fascinación del radicalismo y la intolerancia que lo han hecho mandar al diablo las instituciones, criticar a los grandes empresarios o pedir a las chachalacas que callen, respaldando la ya vieja presunción que tan eficaz ha resultado para descarrilarlo antes: sí, este señor dice estar con los pobres, con las mayorías, dice que es un demócrata, pero véanlo, es un populista, quiere destruir las instituciones, es “un peligro para México”. 

Ronaldo González Valdés

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