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Anaya: éxitos tácticos y derrotas estratégicas | Jorge Fernández Menéndez

14 de Septiembre de 2017

La estrategia sin táctica es          

el camino más lento hacia la       

victoria. Las tácticas sin estrategia
                son el ruido antes de la derrota. Sun Tzu

Hay políticos fantásticos en establecer grandes líneas estratégicas que no siempre o casi nunca imaginan los movimientos tácticos necesarios para llevar esa estrategia a la victoria. Muchos otros, la mayoría, son muy buenos operadores tácticos, saben hacer movimientos de corto plazo que pueden ser impactantes en la opinión pública, pero no tienen un verdadero horizonte estratégico o paradójicamente, esa pasión táctica suele aniquilar sus proyectos estratégicos.

Difiero con mis amigos Leo Zuckermann y Francisco Garfias cuando ven “golazos” de Ricardo Anaya en sus últimos movimientos políticos. Creo que son éxitos tácticos (relativos, ya lo veremos), pero que estratégicamente pueden ser muy costosos.  Nadie que haya tenido una carrera política tan vertiginosa como Ricardo Anaya (y que haya logrado en ese camino abandonar con tanta rapidez a los aliados que le permitieron seguirlo, desde Felipe Calderón hasta Gustavo Madero, pasando por Rafael Moreno Valle y el propio PRI en su momento) puede ser calificado de mediocre. Anaya se ha fijado un objetivo estratégico que es llegar a la Presidencia de la República y va tras él. Ha logrado, como dicen Leo y Pancho, dos éxitos indudables en ese sentido: haber logrado firmar la carta de intención del frente con PRD y Movimiento Ciudadano y haberse exhibido como el que logró frenar la designación del Fiscal Carnal. La pregunta es a qué costo. El frente, insisto en ello, creo que es una muy buena propuesta: nadie ganará sin aliados en el 2018. Pero las propuestas deben materializarse. Mientras algunos dirigentes del PRD ven el frente como una propuesta estratégica de largo plazo, en los hechos como en la materialización de una reforma institucional de fondo, y ello se expresa en los documentos presentados ante el Instituto Nacional Electoral (un secretario de Gobernación que sería un primer ministro, un gabinete de coalición, ratificación por el Senado de todos sus miembros: en los hechos una transición del régimen presidencialista a uno parlamentario, como no hace mucho me dijo Graco Ramírez), en el equipo de Anaya lo están viendo, antes que nada, como un instrumento que confirme su candidatura y le permita ganar las elecciones.

Ricardo tiene el control de las estructuras del partido, pero no el voto de todo el partido. El error es permanecer en la dirigencia partidaria mientras busca la candidatura y no definir siquiera el método para designar candidato. El no haber abierto espacio a Margarita Zavala o a Rafael Moreno Valle y a los senadores que se le oponían en el Congreso, las amenazas e intentos de expulsión, no abonan a su causa. Anaya aún podría ser candidato del PAN y del frente abriendo espacios de negociación y acuerdo con sus contrincantes internos como lo hace con los externos: no puede quedarse con todo el poder porque, normalmente, quien lo hace se queda también solo.

Anaya gana impulsando el frente, pero si propicia y provoca una ruptura interna en el PAN perderá mucho más de lo que gana. ¿Cuántos votos se llevaría una candidatura independiente de Margarita o de Moreno Valle o el apoyo de cualquiera de esas corrientes o de algunos o varios de los gobernadores panistas a otro candidato? ¿Cuánto debilitaría al PAN en el interior del propio frente una ruptura de ese tipo? Anaya ha realizado un importante movimiento táctico, pero sin restaurar las heridas e insistiendo en la polarización interna puede haber generado un error estratégico.

Algo similar sucede con lo del fiscal. Anaya y el PAN respaldaron el ahora llamado pase automático. En lugar de decir que no se había enterado de lo que se había aprobado en el Congreso, podría haber aceptado que fue un error. No necesitaba romper con Cordero y los otros senadores ni con el PRI, tampoco paralizar la Cámara de Diputados: los propios órganos de dirección del PAN ya habían votado en contra del pase automático. Las diferencias entre los panistas en el Congreso tienen relación con la candidatura no con el fiscal, aunque esa designación pudiera ser una de las cartas de negociación de la misma. Y, finalmente, la decisión de urgente y pronta resolución, la iniciativa para impedir el pase automático, se fue, con otras, a comisiones.

Se puede argumentar que eso tiene como fin estrechar relación con organizaciones civiles que, casualmente, no verían con malos ojos impulsar a Claudio X. González Guajardo como candidato independiente e incluso del frente. Y el que saldría perdiendo sería, paradójicamente, el propio Anaya, porque él es quien quiere encabezar esa candidatura.

El frente es posible, creo que su propuesta estratégica puede ser válida (¿comparte el PAN transformar el sistema presidencial en parlamentario?), pero para alcanzar esos objetivos, el PAN no necesita una ruptura, sino un acuerdo interno amplio. Porque si no es así ¿cómo explicarle a la ciudadanía que resulta más sencillo establecer acuerdos con quienes fueron sus adversarios por décadas que con los militantes de su propio partido? Los éxitos tácticos no devienen, necesariamente, en triunfos estratégicos.

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