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Edomex: divide y quizá vencerás | Pascal Beltrán del Río

25 de Enero de 2017

Cuando falta poco más de cuatro meses para la elección para gobernador del Estado de México –la más relevante que tendrá lugar este año–, las condiciones de la contienda están prácticamente definidas.

El oficialismo hizo ya parte de la tarea que le urgía: impedir una coalición opositora entre PRD y PAN, y formar la suya propia con los partidos de la chiquillada.

Aún falta que se defina la mayoría de las candidaturas, pero ya puede decirse que el PRI y sus aliados (Partido Verde, PES y Nueva Alianza) han dado un paso fundamental para que la gubernatura no se les escape.

Por supuesto, en las elecciones cualquier cosa puede pasar. Hace un año pocos hubieran apostado que el oficialismo perdería siete de las 12 gubernaturas en juego, entre ellas cuatro que había ganado consecutivamente desde 1929.

La diferencia entre el Edomex y entidades como Veracruz, Quintana Roo y Tamaulipas es que aquél no conoce grandes escándalos públicos de corrupción ni tiene un mandatario estatal señalado a nivel nacional por su indolencia o arbitrariedad.

Por si fuera poco, el PRI cuenta en el Edomex con una maquinaria de captación de votos que, sin duda, tendrá el impulso de los gobiernos estatal y federal.

Y sobra decir que el PRI se juega la vida en la elección mexiquense, pues sería una señal terrible para éste que perdiera la gubernatura de la entidad más poblada y de la que es originario el Presidente de la República.

Por todas estas razones, la oposición la tiene cuesta arriba para instalarse en el Palacio de Gobierno de Toluca en septiembre próximo, aunque, debe insistirse, la sorpresa siempre puede darse.

Otro sería el escenario si PAN y PRD hubiesen podido formar la coalición electoral que negociaron durante varias semanas.

¿Por qué fracasó ese proyecto? No por falta de candidatos potenciales, pues Josefina Vázquez Mota y Alejandro Encinas habrían sido magníficos abanderados de la coalición.

Para mí, hubo cuatro razones principales:

1) El peso de grupos locales hegemónicos tanto en el PAN como en el PRD (encabezados por Ulises Ramírez y Héctor Bautista, respectivamente), que siempre se opusieron a la formación de la alianza por miedo a perder su influencia en el estado y reventar sus inconfesables acuerdos con el oficialismo.

2) La falta de convicción del senador Encinas de embarcarse en una nueva campaña para la gubernatura (ya había sido candidato en 1993 y 2011) ante lo que él veía como la casi segura traición del PRD local y la urticaria que le producía la idea de ir acompañado por la derecha (el PAN) en la busca del voto.

3) El tortuoso proceso de toma de decisiones en el PRD, donde cualquier acuerdo debe pasar por el filtro de las tribus nacionales y estatales, cosa que impidió que el PRD pudiera hacer alianza con el PAN el año pasado en Tamaulipas, Chihuahua e Hidalgo.

4) El quid pro quo que se estableció a partir de que el PRD dio su apoyo a la candidatura del panista Guillermo Anaya en Coahuila y que redujo el apetito para postular a otro panista en el Estado de México, así se apellidara Vázquez Mota.

De esta manera, la oposición al PRI en el Estado de México quedó atomizada (apenas con el matiz de una alianza entre el PRD y el PT, que significará poco).  Se trata del mejor escenario que podía esperar el PRI de cara a enfrentar los comicios en junio, pues obligará a cualquiera que desee arrebatarle la gubernatura a cosechar al menos un millón de sufragios, el piso de la votación priista en la entidad.

Aún podría ser que el electorado opositor decida concentrar sus adhesiones en alguno de los candidatos que enfrentarán al PRI, particularmente la de Morena o el (la) del PAN, pero esto implicaría que el bandazo ideológico fuera más fácil de tragar que la idea de dejar la gubernatura en manos del PRI por otro sexenio.

¿Serán capaces los seguidores duros del PAN en el llamado corredor azul (Naucalpan y Atizapán) de sumarse para ello a quienes habitan las zonas marginadas del oriente del estado, actual bastión de Morena?

El Estado de México es una entidad de muchas culturas políticas. El PRI ha logrado que converjan a su favor las dos principales –las de los valles de Toluca y de México– con base en una tradición corporativa aceitada durante décadas.

El reto del oficialismo mexiquense será evitar que el PRI se parta con motivo de la designación del candidato o candidata, algo que el año pasado le costó perder las gubernaturas de Quintana Roo y Durango.

Hasta ahora el PRI ha jugado bien sus cartas, pero aún hay obstáculos en el camino. El principal es, sin duda, la molestia ciudadana con la persistente corrupción y la incertidumbre económica.

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