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El mexicano feo | Mauricio Tenorio

En términos de historiografía o de filosofía los resultados son pírricos; hablo de la paz, de lo que los profesores pedantes llamaríamos “conceptualizar la paz”. Sobre eso, poco cierto que reportar. Porque “lo que a viene a ser” la guerra, eso es y ha sido la historia, toda. Nuestras bibliotecas y religiones cívicas están repletas de pecios de guerra. La crítica que Juan Bautista Alberdi hizo en el siglo XIX a las historias escritas por Bartolomé Mitre, sería válida en cualquier nación: Mitre, creía Alberdi, había hecho del guerrero el ideal ciudadano, eso no preparaba para la paz. La guerra, sin duda, es terrible y cruel, pero no es un misterio ni filosófico ni histórico. La paz es el misterio. Por ejemplo, lo único que los historiadores solemos decir de la pax entre circa 1870 y 1914 es que fue falsa, ¡vaya descubrimiento! La verdad es que no fue muy distinta a nuestra larga paz nacida de las cenizas de la Segunda Guerra Mundial que, como la horrorosa paz de fines del siglo XIX, ha sido violenta, ha significado llevarse la guerra fuera de los territorios centrales del capital, el poder, la cultura y el estilo. Es decir, la paz es un misterio, se añora y busca, pero nadie sabe qué y cómo se produce y por qué, una vez que es realidad, pasa desapercibida, es un asco, vira en un estado natural de las cosas. No, lo normal es la guerra. La paz es el misterio y es, creo, el mayor dilema que hoy vivimos en México, en Europa o en Estados Unidos, aunque no muchos parecen darse cuenta. Vengo preguntándome por la paz, como ciudadano, como historiador; me obsesiona su cómo, qué y cuándo, su “hasta cuándo”, su “cómo alcanzarla”, su “cómo no romperla”. 

De Francisco de Vitoria a Carl Schmitt, de Kant a John Rawls, de Maquiavelo o de los muchos que yo llamo “eirenólogos” del siglo XIX a Hans Morgenthau, hemos avanzado poco la definición del Devil’s Dictionary de Ambrose Bierce: “Peace: in international affairs, a period of cheating between two periods of fighting”; “war: a byproduct of the arts of peace”. El contemporáneo mexicano de Bierce, el loco brillante de Francisco Bulnes, dijo más o menos lo mismo: “la fórmula de la paz, en función de los apetitos de los in y los out, es: cuando los in son muchos menos que los out, la paz es imposible, los ideales hierven constantemente, todos quieren que los arados se conviertan en fusiles y la moneda circule en municiones para conquistar los grandes principios. Cuando por mínimo los out y los in se equilibraban, la paz existe precaria. Sólo cuando los in son más numerosos que los out, la paz toma consistencia de beneficio serio”. Así de fea y flaca es la paz, por seguro, pero también es necesaria; su fragilidad se ve particularmente afectada no por el carisma à la Weber sino por la insensatez humana, cuyo carte d’identité es precisamente el estilo de campechano desinterés que Donald Trump ha mostrado ante la complicada naturaleza de la paz.

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Ilustración: Víctor Solís

A lo largo de la últimas dos décadas, en México o en Estados Unidos, en España o en Francia, hemos estado viviendo el final del segundo largo periodo de relativa y espantosa paz desde el “big bang” de fines del siglo XVIII. La presidencia de Donald Trump es prueba de que estamos llegando al final de esta larga paz, y síntoma del eterno retorno de la muy humana insensatez, ésa que no comprende la lógica de los “ins” y “outs” de la fórmula de Bulnes en términos de redistribución nacional e internacional, de inclusión cultural y legal, en términos, en fin, del delicado balance de poder en el mundo. Los riesgos son especialmente graves porque, como en otros momentos de la historia, la bravuconería al estilo de Trump, su Make America Great Again, revela la total carencia de lo que la paz —un negocio sucio— siempre ha requerido: miedo. Sí, la paz en la historia siempre ha sido la tregua que nace de la conciencia de los riesgos y la propia fragilidad en tiempos inciertos. Greatness es una fe peligrosa, no un hecho histórico. Así, Trump ofrece la complejidad del mundo reducida a sound bites de payaso de reality show; otorga sentido de Estado e imperio en aforismos de “whatever comes to my mind” trasmitidos por Twitter cada segundo urbi et orbi.

The Mexican: este es el concepto que Trump ha utilizado con astucia y con gran éxito. The Mexican es el “out” que ha sido el “in” por 200 años en Estados Unidos. Por casi un siglo The Mexican viene jugando en la cultura estadunidense —de manera masiva pero menos prestigiosa— el papel que jugaba El Judío en la cultura europea. Si entendemos la rústica retórica de Trump no como una elocuencia cuidada y trabajada, sino como una suerte de radar que captura las palabras que atraen resentimiento a gran escala, descontento a lo bestia, odio, miedo cultural y racial, entonces The Mexican era y es el término más útil para Trump. La omnipresencia de México y The Mexican es total; está en la visibilidad de mueble de un janitor en cualquiera de los edificios de Trump o en la inmensa vernácula oral, el español, utilizada por todas partes y en todo momento en Estados Unidos pero que ningún American intellectual de éxito lee o escribe. Pero ahí está The Mexican, “pa’ lo que sea güeno”, para el uso y abuso según momento y circunstancias. Por seguro, sus asesores han intentado domar a Trump, y ahora a menudo el “melenita de oro” se refiere, civilizadamente, a los “latinos”. Chango viejo no aprende maroma nueva: seguirá hablando de The Mexican y de México. Es eso exactamente lo que quiere decir, es lo que tiene sentido en la gramática de los resentimientos y temores raciales estadunidenses. Además, viene saliendo gratis sacar a cuento The Mexican. México y The Mexican son mercancías baratas en el mercado político o cultural estadunidense. No cuentan, no pesan; los “latinos” sí, pero es otra cosa. The Mexican es como el alzheimer en el cerebro obsesivamente identitario de Estados Unidos: hace olvidar que el “latino” hoy o mañana fue y es The Mexican pero, más importante, hace olvidar que olvidan los que olvidan y entonces casi un 30% de “latinos” pueden votar por Trump porque les suena cierto: The Mexican tiene la culpa, y al sentirlo y decirlo son más “gringos” y más “latinos”. Así de útil es The Mexican y México en las bravatas de Trump, porque los mexicanos sirven para lo que sirven, y todos aquí en Chicago sabemos a qué me refiero. Sirven, entre otras cosas, para mantener el orgullo racial de un mítico Estados Unidos de illo tempore; sirven para renovar cada día una idea, falsa, pero poderosa, de la autenticidad estadunidense. Y si greatness no regresa, ahí estará The Mexican, como el judío estaba en el “Make Hungary or Rumania Great Again” en el ocaso del imperio austrohúngaro.

En la retórica de Trump, The Muslim significa terrorista, “alien” en el sentido de marciano matón: un ataque a la seguridad nacional de Estados Unidos. The Black constituye un símbolo muy sabido de todo lo malo del legado de la década de 1960; significa crimen y gasto social, Estado grande y decadencia urbana. Todo lo cual, en la historia estadunidense, es una tonadita muy sabida, un ataque a la seguridad interna y psicológica de la clase media “gringa” en la bipolar guerra racial que es el total de la historia estadunidense. Nada nuevo. The Mexican es otra cosa; está por todas partes, el muy bribón, y no más no se le ven a México las ganas de mudarse a otra parte, ahí está “aplatanado”, el muy necio, pegado a the great new nation. The Mexican es un “alien” y no; se supone que es ontológicamente todo lo que Estados Unidos no es, y sin embargo es un “out” sin el cual la dimensión “in”, el espacio cultural y físico del “verdadero” Estados Unidos, sería inconcebible. Mexico, The Mexican, constituyen el “en construcción” de todo lo estadunidense; son “el cuarto de máquinas”. Además, The Mexican es, aquí en Chicago o en Las Vegas, nuestra “nanny”, y cada vez más el vecino de todo mundo, nuestro doctor, nuestro profesor, el amante, la esposa, la hermana, el cuñado, la suegra de medio mundo en Estados Unidos. He aquí la eficiencia del término The Mexican en la retórica de Trump: connota un ataque no la seguridad nacional estadunidense, sino al being American… Escuchan “The Mexican” o “bad hombres” y se les vienen las ganas de arrancarse del cuerpo los genes culturales e históricos como si lo prieto se quitara rascándose.

En los tiempos que vamos inaugurando entre México y Estados Unidos distingo dos posibilidades con ojos de historiador del futuro: por un lado, puede ser que la presidencia de Trump será recordado como la toma del poder y la renovación de un nacionalismo estadunidense blanco y macho, uno que hará del imperio que iba con piel de borrego, pero que era lobo, un borrego muy débil que se pretende lobo en celo. Un lobo que verá en China o México al enemigo, como si eso fuera concebible militar o culturalmente. O no. Puede ser que la presidencia de Trump mañana sea recordada como el último suspiro de un moribundo Estados Unidos profundo —a mí me dan repelús todas las naciones profundas, el México profundo, la Francia profunda o la Alemania profunda; pero las naciones profundas verdaderamente peligrosas son las que se sienten en extinción—. Ignoro si hoy vivimos el principio o el fin de una tendencia histórica duradera. Pero, como expresé antes de las elecciones de noviembre en el blog de nexos, el daño está hecho. Ya se puede decir sin recato alguno: The Mexican, voilà l’ennemi, una idea que tiene mucho poder porque encarna profundas inseguridades raciales y culturales de Estados Unidos. Nombrarlo así, The Mexican, dice mucho de qué tanto no se tiene ningún miedo a perder la paz, no se entiende nada del frágil equilibrio en que vivimos.

Así, Trump promete, The Mexican será deportado, todos, ya no habrá ni violadores ni “bad hombres”, ya no habrá la tentación de acostarse con uno o con una de esos y esas, se acabó the browning of America. America will be great again. Se levantará un muro, claro no en la frontera con Canadá. El TLC será historia; Ford Motor Company, Toyota, BMW serán castigados por invertir en México. ¡Que se hunda la economía mexicana! America first! ¡Qué se reproduzcan entre ellos!, pinches mexicanos. ¡Qué no mexicanicen a nadie más que a ellos mismos! Out, out, out. No obstante, en términos de mexicanizaciones, me temo, el daño también ya está hecho. Se acepte o no, Estados Unidos fue, es y será profundamente mexicano, no hay pasado, presente o futuro viable en Estados Unidos sin México y The Mexican. Y al revés. O es pura insensatez o en realidad se actúa así sin miedo a perder la paz, y entonces el muro se prepara no para detener la inmigración, ya estancada, sino para proteger a Estados Unidos de la avalancha de gente que escape de la violencia e inestabilidad que pueden crear las irresponsables políticas de Trump. Y aun con “the beautiful wall”, ¿cómo puede conjugarse lo de great en Make America Great sin The Mexican? ¿Cuándo aceptará Estados Unidos su horrible pero inevitable ADN histórico y cultural? ¿Por qué nadie aquí en Estados Unidos defiende su México que lleva dentro? Obama mismo fue el más importante deportador de mexicanos ¿Por qué no lo dijo en su discurso de despedida?: México no es, no puede ser, nunca será, el enemigo; atacar a The Mexican es suicidio. ¿Por qué Hillary Clinton nunca se atrevió a defender no a los “latinos”, no a la mítica diversidad estadunidense, sino el “nosotros” que incluye e incluirá siempre The Mexican? No. No se antevieron. Trump sabía y sabe que utiliza un poderoso detonador que nadie en el mainstream de la cultura política estadunidense se atreve a desactivar; nadie lo dice: The Great America se ha extinguido, si alguna vez existió, lo que queda es y será de alguna manera mexicano. En lugar de atacar a la Unión Europa, el asqueroso negocio de la paz exigiría que la administración Trump aprendiera las malas y buenas lecciones de Europa para embarcarnos en la única opción de futuro que nos queda entre México y Estados Unidos; esto es, si la paz ha de reinar en el futuro de México y Estados Unidos, queda: imaginar alguna cosa así como una Unión Norteamericana que, estoy convencido, brillará en el futuro lejano si la paz triunfa… pero no vemos esa luz porque, quizá, aún no hay suficiente oscuridad. Con Trump, me temo, las cosas se pueden poner lo suficientemente oscuras.

Mauricio Tenorio
Historiador. Samuel N. Harper Professor of History, The University of Chicago; profesor asociado en el CIDE. Autor, entre otros, de Maldita lengua (Madrid, La Huerta Grande, 2016); y ‘I Speak of the City’: Mexico City at the Turn of the Twentieth Century (Chicago, University of Chicago Press, 2012).

Después de las últimas elecciones presidenciales de noviembre los estudiantes de historia de la Universidad de Chicago, muy preocupados, nos pidieron a los profesores comentar la situación desde distintas perspectivas de la historia.  Esta es la traducción del texto que leí el 20 de enero, 2017, en uno de estos foros, “Conversation on Trump”. El diálogo incluyó a los estudiantes y a mis colegas Jane Dailey, Jonathan Lyon, Moishe Postone, Kenneth Pomeranz y Tara Zahra. A mí, la verdad, la angustia y urgencia de mis estudiantes me da esperanzas.

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