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En deuda con la ciencia | Nexos

Respondiendo a la amable invitación de mi buen amigo Héctor Aguilar Camín, redacto esta nota sobre “…el México en que creo vivir y el México que viene…” en 800 palabras. Naturalmente, escribo como lo que soy, un viejo profesor universitario interesado desde hace muchos años en el desarrollo científico de nuestro país, tema al que dediqué muchos escritos, algunos de los cuales aparecieron en nexos.

Cuando comparamos el estado de la ciencia en México a principios del siglo pasado (hace poco más de 100 años, digamos en 1900) con el que tiene en la actualidad, el resultado es impresionante y puede caracterizarse con un salto cuántico hacia adelante. En los albores del siglo XX no teníamos casi nada: la comunidad científica era mínima, no había recursos para ella, había muy pocos sitios en los que se hiciera investigación, la producción se limitaba a reproducir algunos trabajos sencillos originados en el extranjero, sobre todo en Francia. La UNAM se fundó en 1910, pero la Revolución que siguió entonces impidió que se atendiera casi cualquier otra cosa que no fuera el conflicto bélico, hasta que se logró la paz, en 1929, con el asesinato de Obregón y la presidencia interina de Portes Gil. En ese lapso el país estuvo en manos de caudillos que tenían otras prioridades, entre ellas alcanzar y conservar el poder sin perder la vida en el intento. Como muy bien lo sabemos, pocos lo lograron.

Ilustración: Izak Peón

Cuando los distintos gobiernos revolucionarios pretendieron usar a la UNAM como una fuerza política más en sus contiendas partidistas y la institución se rehusó a dejar de ser académica, en 1929, el gobierno le concedió la autonomía parcial (que los estudiantes no habían solicitado). Ante nuevos intentos de remodelar a la UNAM para que sirviera a los “fines de la Revolución”, que tampoco tuvieron éxito, en 1935 el Estado le redujo drásticamente el presupuesto y amenazó con cerrarla, pero en vez de hacerlo al año siguiente creó la Universidad Obrera, un año más tarde fundó el Instituto Politécnico Nacional y, finalmente, después del conflicto de 1945, el Estado le concedió a la UNAM, al mismo tiempo, la autonomía completa y la penuria. De todos modos, el clima anticientífico de la etapa revolucionaria empezó a cambiar (en las mismas aulas del IPN) y poco a poco se fundaron en el país otras instituciones dedicadas a la investigación científica, especialmente en el área biomédica, como el Instituto de Salubridad y Enfermedades Tropicales (1939), el Hospital Infantil de México (1943), el Instituto de Nutriología (1944), el Instituto Nacional de Cardiología (1945), el Hospital de Enfermedades de la Nutrición (1947). También, en 1943, se fundó el Instituto Nacional de la Investigación Científica (INIC), que pudo hacer muy poco por sus limitaciones presupuestales, pero que fue remodelado en 1960 y sustituído por CONACyT en 1970, la primera institución oficial formalmente encargada de promover y apoyar el desarrollo de la ciencia y la tecnología en México.

Gracias a la paz y a la atención prestada a la educación general, y también al crecimiento demográfico del país (de 15 millones de habitantes en 1900 a 100 millones en el año 2000), el número de mexicanos que tuvo acceso a un mejor nivel cultural aumentó en forma considerable, junto con la conciencia de la contribución que la modernidad hace a la mejoría de la calidad de vida de la sociedad. La multiplicación de los centros de investigación y las oportunidades de trabajo para científicos y tecnólogos en el país en la segunda mitad del siglo XX fue casi prodigiosa. En verdad puede afirmarse que en ese lapso se crearon más centros de investigación que en toda su historia previa de 500 años, y en el año 2000 había más científicos y tecnólogos vivos que en toda su historia anterior de medio milenio. Sin embargo, este desarrollo no se debió al apoyo de los distintos gobiernos, que en general tuvieron una actitud desinteresada (cuando no francamente hostil) hacia la ciencia y la tecnología, sino más bien al trabajo y a la perseverancia de la propia comunidad científica, que creció no sólo en número sino en la heterogeneidad de especialidades y en la calidad de sus trabajos. De todos modos, México sigue siendo un país subdesarrollado porque no ha logrado establecer como su más alta prioridad el crecimiento vigoroso y sostenido de la fuerza que transformó al mundo medieval en el mundo moderno. Y mientras no lo haga, no tendrá la capacidad para ofrecerle a sus ciudadanos la mejor calidad de vida posible en la actualidad, como ya lo hacen otros países por medio del desarrollo de la ciencia y la tecnología, o sea la capacidad para generar conocimiento objetivo de la realidad y soluciones adecuadas a sus problemas.

Este texto tiene exactamente 798 palabras. Vale.

Ruy Pérez Tamayo
Médico especialista en inmunología y patología, académico y divulgador de la ciencia.

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